Leemos para alejarnos del totalitarismo y de los discursos fanáticos.
La literatura pertenece a las artes mágicas, a los secretos dionisíacos por medio de los cuales los adeptos experimentaban transformaciones de gran intensidad. Ingresamos en un libro para encarnar en otros individuos, para meternos dentro de ellos y vivir sus vidas. Salimos de nosotros mismos en un proceso extático y luego poseemos los cuerpos de soldados que están en el flagor de la batalla, de prostitutas que esconden amores prohibidos, de asesinos que son buscados por toda la ciudad, de sacerdotes atormentados, de héroes, de místicos, de traidores de seres de todos los pelambres que están esperando entre las páginas que nosotros nos atrevemos a invadirlos. Leemos para ser judíos, musulmanes, hindúes, ateos, cristianos, budistas. Leemos para ser europeos, africanos, chinos, maoríes, mexicanos, zulúes, inuit. Después, cuando regresamos a nuestros cuerpos y nuestras propias psiques, algo ha sucedido, ya no somos los mismos. El viaje nos ha enriquecido. Un lector es un ser anfibio, un vampiro que se alimenta de otros, un caníbal.
Porque en las letras, las palabras y sus infinitas conjugaciones, está no solo el universo visible, sino también el invisible: las pasiones, los estados de animo, la alegría y la euforia, el odio, la venganza, e incluso el silencio está en el lenguaje. Es un poder tremendo. Por eso hemos escrito en la piedras, en tablillas de arcilla, en papeles de arroz, en las pieles de los animales, en los arboles, en papiros, en las paredes de las celdas, en nuestros propios cuerpos, en hojas de palma, en telas de paño y de algodón, y aún hoy sentimos la necesidad de escribir en los baños públicos, en los asientos de los buses y en los muros de todas las ciudades del planeta.
Los libros son espacios sagrados y la biblioteca una deidad multiforme. Mario Mendoza (Leer es Resistir)

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